Cuando la comida cae del Cielo. El Maná Bíblico.

La Biblia cuenta que el pueblo elegido, durante la travesía del Desierto del Sinaí, recibía comida del Cielo. Yaveh, de este modo, alimentaba a los suyos, fugitivos de Egipto y buscadores de la Tierra Prometida. Durante los cuarenta años que duró el viaje entre las arenas, todos los días, menos los sábados, les caía desde las alturas el milagroso Maná.

Según las descripciones bíblicas, única fuente documental disponible, el Maná tenía forma de copos amarillentos de materia vegetal. Cubría el suelo cada amanecer, a la hora del rocío, y la gente lo recolectaba. Si lo agrupas y amasas, puedes hornear tortas semejantes al pan, nutritivas y con sabor a miel. Esta elaboración saciaba el hambre del pueblo errante y les permitía seguir su camino un día más. Los viernes, el pueblo israelita recolectaba el doble. Durante el sábado, Yaveh no quería verlos trabajar.

En la fotografía de satélite, Península del Sinaí, escenario de los hechos que se narran.

Explicaciones científicas

No hay restos de los milagrosos copos, asi que, lo que se pueda afirmar de ellos entra en el territorio de la especulación. La Biblia afirma que en el Arca de la Alianza, además de las Tablas de la Ley, se conservaba una porción de Maná. Pero el Arca se perdíó. Dicen que un arqueólogo aventurero, un tal Indiana Jones, la encontró en el siglo pasado, pero que el gobierno de Estados Unidos la sepultó en un lugar parecido al Área 51.

Hay tres hipótesis para explicar el fenómeno del maná que gozan de cierto seguimiento en la comunidad científica, unas más bizarras que otras. Todas coinciden que una especie vegetal y fenómenos naturales son los responsables de lo que en las Escrituras se considera un milagro.

Veamos a qué especies se refieren:

Tamarix gallica

Es un arbusto propio de climas desérticos que abunda en el sur del Sinaí en lugares donde hay alguna agua freática. La resina de este árbol tiene una consistencia próxima a la cera, de color amarillento y es rica en azúcar. Los nativos de allí la venden con el nombre man es-simma, traducido, “maná celestial”. El viento del desierto podría haber desprendido del árbol fragmentos de resina y hacerlos caer sobre la cabeza de los fugitivos israelitas.

Los detractores de esta hipótesis dicen que está resina no es un alimento completo para mantener a un humano durante tiempo indefinido, siempre y cuando se acepte como cierto que la travesía durara cuarenta años y no fuera un recurso literario de Moises, posible autor del texto bíblico. En la foto, flores de Tamarix gallica.

Aspicilia jussufii

Este organismo es un líquen, fruto de la simbiosis entre algas y hongos. Forma costras sobre las rocas de Oriente Medio, también en el Sinaí. Estas costras se desprenden en trocitos, que el viento y las escasas lluvias acumulan en vaguadas formando capas de varios centímetros de espesor.

Los antiguos persas y los soldados de Alejandro Magno se alimentaron algunas veces de este líquen, cuyos copos son amarillentos y harinosos.

Durante el siglo XIX, según está perfectamente documentado, en la Turquía asiatíca, llovió este maná en varias ocasiones y los lugareños lo emplearon para hacer pan.

El líquen, de momento, parece un buen candidato.

El problema de esta hipótesis consiste en la presencia en Aspicilia jussufii de altas concentraciones de ácido oxálico, una sustancia nociva para el organismo, responsable, entre otras cosas, de la formación de cálculos renales. Nadie puede alimentarse durante un periodo prolongado con ese líquen. En la fotografía, una superficie rocosa con Aspicilia.

Si no contamos con la dispersión por agentes meteorológicos, nos queda recolectar el maná en su lugar de origen.

Psilocibe cubensis

Este nombre científico corresponde a un hongo alucinógeno. Un etnomicólogo (subespecie de botánico que estudia la interelación entre los hongos y los humanos), el profesor Terence McKenna, sostiene que el maná es un hongo semejante a Psilocybe cubensis y capaz de vivir en el desierto. El Pueblo Elegido, recolectaba estas setas después del rocío y las consumia. Este alimento posee sustancias que amortiguan el hambre, producen alucinaciones, como que caía del cielo y su sabor a miel, y, como no, sensaciones místicas exacerbadas.

En el Desierto del Sinaí los hongos psilocíbicos son de presencia casi anecdótica y no son fáciles de encontrar. Lo siento por los etnomicólogos, si les vale de consuelo, a mi juicio, es la hipótesis más bonita, aunque nunca será del agrado de los creyentes.

La Biblia no es un libro de historia, como tampoco lo es El Señor de los Anillos.

La Ciencia y la Religión mueven en planos distintos. La Ciencia precisa de pruebas objetivas y la Religión de fe y tradición.

La Ciencia no es capaz de rebatir o demostrar la existencia de Dios.

La Religión tampoco debe invadir el territorio científico y obligar a los nuevos galileos a negar el movimiento de la tierra alrededor del sol.


Si quieres leer sobre temas relacionados, te aconsejo visitar el post: “Zaqqum, el árbol maldito del Corán“.

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