Yimpi yimpi, “el aguijón del suicidio”.

Hoy hablaremos de una peligrosa especie vegetal, propia de las selvas tropicales que pueblan las tierras donde se cruzan el Índico y el Pacífico. Si tenemos la mala suerte de encontrarnos con ella y nos roza la piel, introduce en nuestro organismo una peligrosa sustancia, irritante y dolorosa, cuyos efectos pueden durar años. Según se dice, se han dado casos donde algunas personas, que incapaces de soportarlo, han optado por el suicidio.


Esta planta, clasificada como dendrocnide moroides, pertenece a la flora autóctona de los lluviosos bosques tropicales de Australia, Indonesia e Islas Molucas.

Los nativos conocen a esta especie, un arbusto de 2 a 10 metros de altura, como yimpi yimpi.
Las hojas son acorazonadas, de bordes dentados, tienen, aproximadamente, el triple del tamaño de una mano humana y un largo peciolo (filamento que las une al tronco).

Sus flores, agrupadas en espigillas, son pequeñas y de color magenta. Los frutos, de tonalidades semejantes, son ovoides y de no más de dos milimetros.

Toda la superficie de la planta está cubierta de pelos urticantes. Son una poderosa arma defensiva, creada evolutivamente contra los que pretendan alimentarse con ella, pero que también causa victimas colaterales…


Arma, munición, consecuencias y tratamiento

Los pelos urticantes, como podemos ver en la portada de este post, constan de dos partes: Una base globular, donde se fabrica y acumula el veneno, y un aguijón hueco reforzado con sílice, a modo de aguja hipodérmica, que penetra la piel, inyecta la sustancia y se quiebra, quedando en el interior de la victima.


La toxina que inoculan estos dispositivos es la moroidina. Está sintetizada por la planta partiendo de los aminoácidos histidina y triptófano, unidos por un enlace de carbono y nitrógeno.


Puede producir la muerte en animales y personas si la dosis es suficiente. La piel afectada se inflama y enrojece de forma espectacular. Genera un dolor tan dificil de soportar, que si los afectados no son atendidos, pueden llegar a suicidarse. Los que sobreviven al veneno y a la tentación de autolesionarse pueden arrastrar el dolor durante años.


El tratamiento ha de ser lo más rápido posible. Además de la administración de un fuerte analgésico, debe aplicarse una solución a 10% de ácido hipoclórico e intentar eliminar los aguijones, por ejemplo, con tiras de depilación. También hay que evitar, a toda costa, que el paciente se rasque, pues las agujas urticantes se pueden fracturar en varios fragmentos y complicar su eliminación.


En la Naturaleza, la vida y la muerte están tan íntimamente entrelazadas que es dificil saber donde comienza la una y donde acaba la otra. Pero no hay crueldad en ello, es el juego de la supervivencia. Los venenos protejen y salvan a quien los fabrican. Y además, pese a quien pese, los humanos civilizados o no, formamos parte de ese juego, aunque lo practiquemos con muchas de las cartas marcadas, a largo plazo, para nuestro perjuicio.

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