Camalote, la plaga invencible

Un mal día del año 2004 a alguien se le ocurrió lanzar al agua de un río español, el Guadiana, una exótica planta de América del Sur. Al año siguiente, la inocente planta se reprodujo con tal velocidad que fue preciso sacar del río más de 150.000 toneladas de este organismo vegetal para evitar el desastre ecológico. Y así ha venido ocurriendo año tras año. La velocidad de reproducción de la especie supera con creces los estériles intentos de eliminarla. En 2017 se extrajeron 170.000 toneladas y hasta la fecha se han dilapidado más de 32 millones de euros en el proceso de limpieza.

En España y en otros países del mundo la presencia de especies invasoras se ha convertido en un problema ambiental de primer orden. En nuestro país la lista de invasores es bastante larga y no para de crecer: Mejillón cebra, mosquito tigre, avispa asiática, tortuga de Florida, enredadera cruel, nenúfar mexicano, visón americano, etc. Cualquier especie, sea animal o vegetal, cuando se saca de su medio, donde ha alcanzado su equilibrio con las otras especies y se introduce en otro lugar produce serios desajustes. Siempre, detrás de estos hechos está la estúpida mano de la humanidad, la peor plaga de todos los tiempos.

El Camalote, también conocido como jacinto de agua, se denomina científicamente Eichhornia crasipes. Es originaria de la cuenca Amazónica y del Mar del Plata. Es flotante debido a la presencia de tejidos aeríferos situados en los engrosados peciolos de las hojas. Las raíces se enredan entre ellas y forman espesas islas flotantes. Las flores son azuladas, con manchas amarillas en el lóbulo superior.

Viven en aguas dulces, ya sean ríos, lagos, embalses o acequias, no soportan temperaturas inferiores a 0°C y su crecimiento se ve favorecido por la presencia en el medio de nitratos y fosfatos, productos que abundan en las aguas, debido a usos agrícolas inadecuados (vertidos de fertilizantes) y la falta de depuración de los residuos urbanos.

En su ambiente nativo su crecimiento está regulado por el ecosistema y no crea problemas. Los indios guaraníes la usan como planta medicinal contra la fiebre, el dolor de cabeza y las diarreas. También está documentada sus efectos favorables contra la diabetes y su poder afrodisíaco. Industrialmente se aprovecha para fabricar compost, papel y fibras textiles.

El sobrecrecimiento del camalote conlleva determinados problemas:

• Impide que la luz penetre en el medio acuático. Si no hay luz, los organismos fotosintéticos, cianobacterias, algas y plantas superiores, no pueden sobrevivir y producir oxígeno. El agua se convierte en un líquido pestilente, sin peces ni otras especies, dominio de bacterias descomponedoras y patógenas. Con ese agua se riegan los cultivos.

• Atasca acequias y otras canalizaciones de uso agrícola, que necesitan continuamente ser despejadas. La agricultura se resiente.

• Afecta el uso lúdico del río. No es posible bañarse o practicar deportes acuáticos. El sector turístico y el bienestar de la ciudadanía queda en entredicho.

Actualmente esta plaga afecta también a Estados Unidos, México, Centro América y las islas del Caribe. En España el problema existe en el río Guadiana, particularmente los municipios extremeños de Mérida, Badajoz y Medellín. Allí se combate la proliferación del camalote con palas mecánicas, barcos cosechadores y barreras de contención, pero se está perdiendo la guerra.

Las crecidas provocadas por las lluvias (sin contención alguna debido a la deforestación) rompen las barreras, la falta de limpieza de las aguas y el calentamiento global, estimula su crecimiento. Los barcos cosechadores y otras estrategias son insuficientes. No es suficiente dilapidar millones de euros, se necesita una política ambiental integral, no la caricatura y el esperpento que sufrimos ahora, donde la ecología es la cenicienta del Estado.

Una leyenda guaraní cuenta que el camalote no existía hasta la llegada de los españoles. Un aguerrido descubridor extremeño se enamoró de una hermosa india y ella de él. Se amaron en el marco incomparable de aquel paraíso terrenal de lujuriosas vegetaciones y hermosas aguas. Cuando el español tuvo que zarpar y regresar a su patria, la mujer indía quiso seguirlo allá a donde fuera. Los espíritus de la selva, los porás, se apiadaron de ella y la convirtieron en una planta flotante, el camalote, para que pudiera alcanzar a su amado. No sabemos si al fín lo encontró, pero, al menos pudo llegar a Extremadura.

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