Buscando el Mar de Dunas

La cara norte de las montañas de Marruecos es muy parecida a las montañas de Andalucía, en muchos casos, el estado de conservación de los paisajes es mejor. En la cara sur, el aspecto cambia completamente, las palmeras dominan el sustrato arboreo y un correoso matorral ocupa un suelo árido y muy erosionado.

Cuando descendemos de las alturas, nos esperan unas llanuras pedregosas mucho más secas y calurosas. La vegetación escasea y  los campos de cultivo desaparecen de nuestra vista. Rara vez nos cruzamos con otros coches en las carreteras, donde, poco a poco, el asfalto va dando paso a los caminos de tierra y  a los animales de carga, particularmente burros. 

En el coche que nos transportaba por Marruecos viajamos, contándome a mí, cuatro estudiantes de Biología que habíamos elegido el país vecino para recolectar las plantas del herbario que nos exigían los profesores de la asignatura de Botánica. Podríamos haber recogido las cien plantas que nos pedían en el mismo Campus, pero el cuerpo nos pedía aventura y decidimos aprovechar las vacaciones de Semana Santa con tal fín. El vehículo que usabamos, un citröen destartalado, lo que en la época se apodaba “un dos caballos”, estaba pintado de azul marino y viajar en él era una experiencia bastante calurosa.
Nuestro objetivo real era conocer el desierto de arena, el llamado erg y sentirnos como en su día se sintió Lawrence de Arabia cuando surcaba las arenas a lomos de un dromedario. La película que narraba sus aventuras era una de nuestras películas de culto y casi nos la sabíamos de memoria. Llevamos con nosotros el libro en el que se basaba el filme, una autobiografía, que tenía por título  “Los siete pilares de la sabiduria” y durante los descansos leíamos por turnos en voz alta.

Siguiendo las indicaciones de la brújula y los mapas nos adentramos en una llanura uniforme, lo que se llama “uadi” o lago salado. La vegetación era la típica de los saladares, de aspecto carnoso y, a veces, de tonalidades rojizas y  moradas. El suelo presentaba pequeños montecitos de sal común, consecuencia de la rápida evaporación de la escasa agua de lluvia. Esta superficie plana y llena de sales hace miles de años era un hermoso lago hasta que los ciclos climáticos cambiaron y el verde jardín del Sáhara se transformó en el desierto más extenso del planeta. 

A lo lejos, en la línea del horizonte, percibimos el primer espejismo. Una franja de azul más oscura del cielo semejaba a una gran extensión de agua, a la manera de una ventana al pasado acuático de la polvorienta llanura que cruzabamos, ya sin ninguna clase de camino que no fuera las marcas de otros vehículos.

 
Durante dos días no nos cruzamos con nadie y era ya de noche cuando entre tinieblas adivinamos una gran duna. Habíamos llegado al territorio soñado, al gran erg. Esa noche no pudimos dormir, ansiosos de la llegada del amanecer. Pasamos la velada fumando productos de la tierra, adquiridos en Ketama, donde nos regalaron un licor al que los paisanos de allí llamaban “magia”. El brebaje, bastante fuerte, estaba elaborado con dátiles y azúcar, que fermentaba enterrando recipientes de barro en estiércol. El cielo, sin luna y despejado de nubes, estaba poblado por infinitud de estrellas, entre las que resaltaba el planeta Venus, la estrella del alba, más grande de como nunca la había visto.
Casi sin darnos cuenta, amaneció y una gigantesca duna, como un edificio de diez pisos, se mostró  a nuestros ojos. Poseído por una indescriptible energía fui el primero en ascender por la arenosa pendiente que llevaba a la cima. El camino no era fácil, pero me daba igual. Dos veces me caí y rodé por la arena, dorada como el oro y de fino grado.

Cuando llegué al punto más alto ví el maravilloso mar de dunas, ajedrezado de luces y sombras por la inclinación de los rayos del sol naciente y me sentí la persona más feliz de la tierra, en esa limpia e inmensa soledad, donde solo hay cielo y arena, bien lejos de la civilización.

Después, de forma instintiva, mire el terreno donde apoyaba mis pies y, descubrí, semienterrado en la arena, un objeto que me devolvió a la triste realidad y me hizo maldecir, hasta la fecha, a toda la humanidad. Era una puta lata de Coca-Cola. 

  

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