Oasis y Espejismos

En las áridas soledades de los desiertos hay islas de verdor y humedad. Sea en el Sahara o en Arabia, los más conocidos, o al otro lado del mundo, México, Perú o Chile.

En los parajes desérticos, el agua subterránea es un bien escaso, pero presente, aunque no llueva nunca o sólo de año en año. En los lugares donde se encuentra el tesoro líquido a escasa profundidad, permite la existencia de vegetación, de pozos e incluso pequeñas lagunas donde refrescar a personas y ganados. El Sahara no hace mucho era un paisaje rico en lluvia, flora y fauna. Estos enterrados recursos hídricos son la reliquia de aquellos fértiles años.

Pero no todos desiertos del planeta permiten que haya vida, en ciertos territorios la ausencia de agua subterránea o precipitaciones es total. En Irán hay un desierto llamado Dasht-e-Lut, cuya parte central es el lugar más cálido de la superficie terrestre, donde se han documentado temperaturas superiores a 71°C. Esta zona está cubierta con piedras de negra lava volcánica consolidada que absorven la luz solar y no permiten la vida de ninguna criatura.

En el Antiguo Egipto, cuando nos alejábamos unos escasos kilómetros del cauce del Nilo comenzaba el reinado de las arenas y los oasis, donde los viajeros y caravanas hacían escala y se aprovisionaban de agua y alimento. En estas regiones de verdor vivía una población estable y también se construían templos tan importantes como los demás. En el oasis de Siwa se encontraba un templo consagrado al dios Amón. El propio Alejandro Magno, coronado como faraón y por tanto un semidios, fue hasta allí para ser bendecido por el dios egipcio, del que se consideraba hijo.

En el Atlas marroquí, los bereberes son capaces de vivir de forma autosuficiente, cultivando y criando todo lo necesario. Extraen el agua de los acuiferos mediante una técnica llamada khettara, basada en la gravedad.

En el Sahara argelino, los oasis reciben el nombre de ghout. Allí se cultivan palmeras datileras. Para alcanzar el nivel freático de las aguas subtrerraneas se escarban cavidades  de un diametro de ochenta a docientos metros y las raices quedan en contacto con el agua, produciendose el riego de forma natural.

Los animales salvajes del desierto también son usuarios de los oasis para proveerse de agua o anidar, pero los hay que poseén mecanismos metabólicos que les permiten vivir del agua de los alimentos y nunca la ingieren en estado líquido.


Los que se pierden en el desierto a veces creen ver oasis donde solo hay arena. Sin embargo, no son alucinaciones provocadas por la sed o el cansancio. Son ilusiones ópticas, debidas a las diferencias de temperatura de la atmósfera. Cuando el sol incide sobre las arenas, el aire más caliente se queda a ras de suelo y las capas de aire superiores son más densas y frías. Los rayos luminosos experimentan diversas desviaciones o refracciones que hacen percibir al observador que hay una masa de agua en el suelo, capaz de reflejar el cielo, una piedra o una reseca palmera solitaria. Es el mismo fenómeno que se produce en el asfalto los días calurosos, donde parece que hay manchas de agua. El desesperado y sediento viajero cree que hay un fresco y delicioso oasis frente a él, pero sólo hay caliente arena y una horrible muerte.

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