Crónicas veraniegas de 2017

La ola de incendios que comenzó con el desastre de Portugal y Doñana continúa con su paso. Portugal está otra vez en llamas, también el sur de Francia, en Moratalla y Calasparra, Murcia, cuatro dispositivos incendiarios se activan de forma casi simultánea, Yeste, en Albacete, está rodeado de fuego, las sierras aragonesas también, Córcega se está quemando…  El número de incendios en la zona mediterránea se ha elevado un 65% y las temperaturas medias 1°C. El cambio climático es un hecho incuestionable, digan lo que digan presidentes locos o los pseudocientíficos. Las consecuencias son evidentes.Pero no todo consiste en aumentar la plantilla de bomberos (cosa que no se hace) o endurecer las penas a los incendiarios (tampoco ocurre). Es preciso atacar el problema de raíz: Hay que reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma radical y reforestar el planeta notablemente. Las soluciones lentas son las únicas efectivas. Si las temperaturas descienden y aumenta la superficie forestal, las lluvias serán más frecuentes y le podremos plantar cara al avance del desierto global.

Los trasvases, pantanos, desaladoras y, en general la Obra Pública, han demostrado, por un lado, su incapacidad para organizar el reparto de los recursos hídricos y por otro, la corrupción que generan a su alrededor.

Los puntos sensibles de la costa, por ejemplo el Mar Menor, son enfermos crónicos. Esté verano la turbidez de las agua está diezmando las praderas submarinas del alga Caulerpa prolifera, refugio y criadero de innumerables especies necesarias. Los nitratos y fosfatos están muy altos, el ecosistema se desorganiza porque estos vertidos de la actividad agrícola del Campo de Cartagena favorecen unas especies y perjudican a otras, casualmente las más importantes. Los bañistas que hacen poco caso de las ya 18 banderas azules, sufren frecuentes dermatitis infecciosas. Contra las medusas, a cambio de algo mejor, tienen previstas redes. Quizá las mismas que hasta hace poco salían pletóricas del mar, con langostinos y doradas. Ahora nos conforman con caricaturas del pasado criadas en granjas marinas y otros lugares, como productos de Mar Menor.

Doñana, con las cenizas humeantes, llora los linces y los árboles desaparecidos. Sin embargo, no puede bajar la guardia. Sus enemigos no levantan el asedio. Los del gas, los que roban el agua o construyen, han olido dinero y se niegan a abandonar la presa. Pensad en una banda de hienas rodeando a una solitaria gacela en las ardientes llanuras africanas del Riff o una manada de orcas escoltando una ballena herida. Buscad su equivalente en la especie humana y encontraréis a los culpables.

En las playas, mientras las autoridades redactan normativas sobre nudistas o mascotas, volcamos toneladas de productos cosméticos tóxicos para flora y fauna, plásticos y plásticos no biodegradables, ensuciamos las aguas con nuestros estúpidos juguetes a motor y con alguna gilipollez comprada en Decathlon agotamos la poca pesca que queda.

Otro verano más. ¿Cuántos más nos quedan? ¿Cuál es el límite de resistencia de la Biosfera? Espero que no lo tengamos que comprobar en persona.

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