Sirenas y dioses

El capitán del bergatin Virgen del Mar, un vasco apellidado Arzúa, tomó posesión del cargo en el palacio del gobierno de Acapulco. Tenia como misión intercambiar baratijas y herramientas de hierro por perlas y esclavos domésticos, en beneficio del gobernador y  tres nobles españoles afincados en la península. Corrían los primeros años del siglo XVIII y el Pacífico era un gran desconocido. Arzúa tenía bajo su mando tres oficiales, dieciséis marinos y un nativo de unas islas del oeste, que hablaba castellano y haría de intérprete de los españoles. Los nativos del Pacífico no son indios. Son corpulentos, de nariz ancha y piel más oscura. El hombre, de unos treinta años fue regalado por unos ingleses al anterior gobernador de la ciudad. Respondía al nombre cristiano de Manuel, sin embargo, Maw Moa fue como le pusieron sus padres. Con el tiempo, este sirviente había logrado convencer a su jefe de la riqueza de su lugar de nacimiento y de lo conveniente de una expedición comercial.

Durante la travesía, el polinesio, diestro servidor de gobernadores, ejerció de mayordomo del capitán con gran satisfacción de éste. Era sonriente, amable y servicial, no como los ariscos indios mexicas, que no acaban de entender quién manda ahora en su desaparecido imperio de salvajes. Por las noches, Arzúa, mientras se atiborraba de ron, imaginando que se trata de pacharán, le contaba historias de balleneros vascos y de sirenas enamoradas. Maw Moa, sobrio y atento, escuchaba con placer las narraciones y también contaba viejas leyendas de su pueblo que hablaban de dioses que venían de las estrellas.

Cuando avistaron la isla que buscaban, un penacho de humo coronaba la montaña más alta. Hasta el atardecer nadie se dio cuenta de la desaparición del nativo, lo que irritó enormemente al capitán. Quedarse sin interprete a estas alturas era desastroso, pero el vasco pensaba más en la pérdida de un compañero de soledades al que apreciaba.

Mientras las lanchas españoles buscaban desesperadamente al interprete, éste había conseguido llegar a su isla natal a nado. Cuando llegó a la orilla,  la gente del poblado lo esperaba, el dios que rige el volcán les había avisado del regreso del rey legítimo. Lo transportaron a hombros hasta la residencia real, donde le esperaba un banquete, amenizado por bailarinas hula-hula y músicos guerreros tañendo tambores de madera y huesos huecos.

Los del barco, dando por ahogado a Maw Moa, decidieron abordar las negociaciones por su cuenta. Resguardaron el barco en una bahía desde la que se apreciaba la cima del volcán, cada vez más irritado y amenazador y usaron las lanchas para llegar a la playa. El ataque sorpresa de los indígenas cogió desprevenidos a los españoles, que murieron en su mayoría perdiendo embarcaciones y mercancía. Desde el bergatín el capitán observó impotente la matanza de sus hombres y decidió poner proa a Acapulco, donde pensaba que podría hacerse de barcos, soldados y armas para arrasar a los asesinos.


El Rey Maw (Moa significa rey en la lengua de ellos) sabía que los blancos volverían y no dejarían cabeza sobre los hombros. Los conocía bien. Desde que los traficantes lo secuestraron con tan sólo diez años, soñaba con vengarse y escapar a su reino. Sin embargo, ahora deberían emigrar a una nueva morada, lejos de las rutas marítimas de sus enemigos, cuidados por los dioses del volcán.

El capitán Arzúa volvió con tres barcos de guerra y dos centenares de soldados a una isla desprovista de nativos. Cuando hubieron desembarcado todos los invasores, el volcán rugió haciendo temblar tierra y aire, a lo que siguió una infernal erupción que mató a casi todos los frustrados vengadores entre corrientes de lava y vapores tóxicos.

El barco donde estaba Arzúa, que no desembarcó, se incendió a causa de una avalancha volcánica que lo alcanzó. Ya en el agua, semiinsconciente y herido, según contaba, años más tarde, en las tabernas de San Sebastián a los otros marinos jubilados, fue rescatado por una bellísima sirena que cantaba en lengua vasca mientras lo remolcaba a un lugar seguro.

Sin embargo, nunca contó lo que vio antes de perder su navío: Una extraña nave con forma de rueda y grande como una catedral, saliendo de un cráter en llamas y dirigiéndose hacia el cielo a toda velocidad.

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