Un cuento sobre el peyote (Lophophora williamsii)

Oscar Mendoza se crió en un barrio de México DF. A los quince años de edad abandonó la vivienda familiar, afiliandose a una banda de traficantes. Hasta los veinte vivió en Tijuana, donde disparó a dos policías y encajó tres tiros, ganó mucha plata y perdió más en las apuestas. La mala suerte quiso que ingresara en prisión, pagando por un asesinato que no cometió. Uno de sus compadres, el verdadero asesino, lo vendió a la justicia para evitar ir a la cárcel.

Logró escapar de la prisión escalando sus muros y buscó un escondite en el desierto, en casa de su abuelo. Oscar no había visto a su abuelo desde que era un niño, pero se dirigió a su casa, sin siquiera avisarle.
El anciano estaba sentado sobre el suelo, en el porche de una vivienda de barro cocido y tejado de hojarasca. No apareció sorprendido cuando vió aparecer a su nieto. Sabía que vendría a verlo.
– Pasa dentro, lávate y ponte una camisa limpia de las mías. Mescalito quiere conocerte. Será esta noche.

Oscar cumplió las instrucciones del abuelo. Cuando salió al exterior, se encontró con un grupo de indios hablando en voz baja con el viejo, ante el cual se comportaban con el mayor de los respetos. Cesó la conversación y el anciano presentó su nieto a los recién llegados:
– Señores, este hombre es mi nieto. Su camino se ha torcido y nosotros vamos a enseñarle un sendero. Vosotros erais bandoleros y borrachos. Ahora sois personas honradas. Escuchasteis los consejos de Mescalito. Mi nieto tiene que encontrarse con él.

El grupo condujo a Mendoza a la cima del cerro donde vive Mescalito. Formando un círculo, tomaron asiento en silencio. Al anochecer el viejo encendió una hoguera en el centro, iluminando la cara de los presentes. Después repartieron entre todos agua, tequila, carne seca y botones secos de peyote.
Consumieron las provisiones sin hablar, mirándose los unos a los otros. De vez en cuando, uno de los asistentes entraba en trance, desconectando de los demás.

El sol despertó a Oscar Mendoza, tumbado en una estación de tren, con un billete hasta México DF y varios pesos en el bolsillo. No recordó ninguna visión a causa del peyote, ni como había llegado hasta allí.
Ya en la ciudad, y tomando muchas precauciones, decidió ir a visitar a sus padres, que le dieron la buena noticia de su estado judicial. El verdadero asesino había confesado su crimen y él quedaba libre.
La familia quiso saber dónde había estado desde que huyó del penal.
-Fuí a esconderme a casa del abuelo. Él me ayudó.
-Pobre hijo mío – dijo la madre emocionada – ¡Qué mal lo has tenido que pasar! Tu abuelo murió de tristeza hace varios años, cuando se enteró que te fuiste de nuestro lado.

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